Pasión por el cine

Ocho años han arrugado la manga  en la que lo guardaba. Hoy confieso. Le profeso el mismo inmenso amor que el de aquel primer día.

Pasión por el cine.

Si hubiese sido, sería un cartel de cine plasmado en uno de esos papeles que parecen servilleta.

Sería antiguo, ajado, con marcas de lluvia recorriendo la superficie como si fuesen las lágrimas que alguien se olvidó borrar.

Me situaría cerca de una taquilla de esas en las que venden entradas para las películas más novedosas, los últimos estrenos por los que se crean hormas de gente, que apelotonadas, esperan que el último ticket no se lo lleve el de delante.

Y nadie se fijaría en mí.

Pasaría desapercibido por su lado e, incluso, a algunos les sorprendería encontrarme casi intacto en el mismo rincón en donde me habían dejado y aún así, seguirían rumbo a la historia que los transportará lejos de aquí; tan lejos que mientras permanezcan con la mirada estupefacta ante la pantalla olvidarán que todavía existen. Ilusos.

Fotograma de la película de Truffaut, Jules et Jim.
Fotograma de la película de Truffaut, Jules et Jim.

Si hubiese sido un viejo cartel de cine, sería para encontrar, durante el último pase cuando los cinéfilos sueñan en las butacas con la magia de los clásicos -los filmes sublimes, La Esencia-, el rostro que se ilumina al mirarme, el ser indicado que al entrar en la sala no deseé otra cosa en el mundo, más que renacer en forma de uno de esos carteles de cine, ajados por el tiempo, en el que solo unos pocos se son capaces de reconocer.

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