Los amores pequeños

Los amores pequeños nunca fueron tan grandes.

Nos conocimos casi sin pensar, básicamente porque no nos quedaba otra.

Nos lanzaron cuando apenas medíamos medio metro a esas calles repletas de piedras y sapos, con bancos de madera y guerras de moras, partidos de fútbol, quedadas en el río y el monte para hacer merendolas.

Nos dieron un bocadillo y una manzana. Nos dejaron en aquellas “leiras” y ¡a vivir, niños, que son dos días!

Y lo vivimos todo, ¡vaya que si lo vivimos! Las “Mil y una noches” no eran nada comparadas con nuestras aventuras.

Si es que yo que pensaba que el agobio de estos días entre tantísimo trabajo y tantísimo #@∞¢# era porque al fin la mala suerte había conseguido encontrarme (y eso que estaba bien escondida).

Pero entonces el móvil se llena de mensajes y de “Eh! Te esperamos“, “¿para cuándo un cine de los raros?“, “¿te apetece un café?“, “me gustaría que te leyeses mi novela“, “¿te vienes a un bautizo?“, “¿quieres que me acerque a la habitación y pasemos juntos las horas más aburridas del mundo, pero juntos, muy juntos?”

Al final tenía razón en una cosa: la buena suerte ya había empezado conociéndonos en Arnuid, aquel pueblo perdido; ¿y la mala suerte?

A la mala suerte solo le queda mi sonrisa.

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